Etapas de la Ciencia hispano-árabe


La España musulmana escribió uno de los episodios más brillantes en la historia intelectual de la Europa de la Edad Media. Desde mediados del siglo VIII hasta comienzos del XIII, los árabes dominaron el mundo con su civilización y fueron los protagonistas indiscutibles de la historia. Ellos recogieron el conocimiento legado por los autores clásicos grecorromanos, lo ampliaron y enriquecieron con contribuciones propias, y lo transmitieron a la Europa cristiana del Renacimiento. En todo este proceso, España tuvo una importante participación como promotora y transmisora.

Ante el oscurantismo crónico en que estaban sumidos, los territorios cristianos se rindieron a la supremacía científica y cultural del Islam y adquirir los conocimientos de las fuentes árabes.

Tras la caída del Imperio romano y las invasiones bárbaras, la única institución que dirigió la sociedad fue la Iglesia católica. La ciencia de la Europa cristiana estaba reunida en los monasterios, siendo el clero la clase culta, y no la realeza y aristocracia.

En contraposición a este panorama intelectual del Cristianismo en la Edad Media, el Islam, que irrumpió en la historia en el siglo VII, tenía en su poder todo el amplio conocimiento antiguo. La importancia de la ciencia árabe radicaba en haber sido el eslabón intermedio e imprescindible en la cadena que unía la ciencia clásica, fundamentalmente la griega, con la ciencia de la Europa de los siglos XV, XVI y XVII.

Este proceso se desarrolló en tres etapas principales:

1. etapa de traducción (750 - 850)

2. etapa de producción (850 - s.XII)

3. etapa de transmisión (s.XII - s.XIII)




ETAPA DE TRADUCCIÓN

A mediados del siglo VIII el islam ya se extiende desde el mediterráneo hasta China, es la época en la que el pueblo árabe comenzó a asimilar las culturas de los pueblos que iba sometiendo, sentando las bases del esplendor que caracterizó al primer periodo de la dinastía Abbasí (750-1000). En oriente, el contacto con las civilizaciones bizantina y persa le permitió adquirir el legado de las antiguas culturas.

En el siglo IX, se inició el desarrollo de la educación y la práctica médicas en el Islam, pues fue cuando se produjo un notable ascenso en la fundación de instituciones de carácter público y privado, como escuelas, hospitales y bibliotecas, que contribuyeron al avance y el auge de la educación médica entre los árabes. Fue el momento culminante de todo un proceso evolutivo que había comenzado casi un siglo y medio antes, con la llegada al poder de los abasíes. Los califas de esta dinastía se rodearon de intelectuales y patrocinaron la empresa de transmitir los legados literarios y científicos de las civilizaciones antiguas: Grecia, India, Persia y Egipto.

De esta manera, fueron vertidos al árabe los escritos más importantes del siríaco, persa, sánscrito, nabateo, copto y, sobre todo, griego, es decir, las obras de Ptolomeo, Hipócrates, Hermes, Trimegisto, Galeno, Dioscórides, Aristóteles y Platón, entre otros muchos, la mayoría de las cuales están perdidos en su original y se han conocido gracias a su traducción árabe.

Respecto a la filosofía y las ciencias (matemáticas, astronomía, astrología, alquimia, medicina, farmacología, alquimia, medicina, farmacopea, etc.), la influencia más acusada se debió a la cultura helénica.

Edessa, el principal centro de los sirios cristianos, Harran, Antioquía, Alejandría y los diversos enclaves de Siria y Mesopotamia: todas estas ciudades sirvieron como centros de irradiación de los estímulos helenísticos. En un principio los árabes no sabían griego. Fueron, por tanto, los nestorianos cristianos de Siria los que tradujeron primeramente del griego al siríaco y, después, del siríaco al árabe, convirtiéndose en el primer punto de encuentro entre el Helenismo y el Islam a través del siríaco.

El apogeo de la influencia griega hay que buscarlo bajo el califa Al-Ma´mun, quien en el año 830 fundó en Bagdad su famosa Baut al Hikma (Casa de la Sabiduría), una mezcla de biblioteca, academia y centro de traducción.

Uno de los traductores pioneros del griego fue Ibn Al-Bitriq (800), a quien se le atribuye la versión al árabe de las mejores obras de Hipócrates y galeno, así como el Quadripartium de Ptolomeo.

Otros traductores importantes fueron Ibn Masawayh (857) y su discípulo Hunayn ibn Ishaq (808-873), conocido en la tradición latina como Johannitius. Éste último y sus colaboradores tradujeron, entre otras muchas obras, una gran parte del corpus hipocrático, los libros de Galeno, los escritos y compilaciones de Oribasios, los siete libros de pablo de Egina; el Corpus Hermeticum de Hermes Trimegisto, que recoge el conocimiento médico del Egipto helenizado rescatado por la cultura bizantina y expresado a través de unas creencias sanadoras relacionadas con la magia, la astrología y la alquimia, la República de Platón, y las Categorías, la Física y la Magna Moralia de Aristóteles, etc. Además, en botánica Johannitius revisó las traducciones árabes de los cinco tratados de la Materia Médica de Dioscórides, que habían sido realizadas por Istifan ibn Basil: este libro fue estudiado por los alumnos de medicina y farmacia de entonces y fue de consulta imprescindible por parte de los autores árabes posteriores, siendo la base de la rica farmacopea árabe medieval.

Los herboristas y médicos árabes investigaron sobre esta forme base, añadieron observaciones personales sobre drogas y remedios y ampliaron las investigaciones farmacológicas.

Paralelamente a este grupo de traductores nestorianos, especialmente representados por Joahannitius, se encontraba otro, el de los sabeos de Harran, entre los cuales destaca Thabit ibn Qurrah (901), que estaban interesados fundamentalmente en la astronomía y las matemáticas y a cuyo fundador Yusuf ibn Matar se le atribuye haber hecho la primera traducción de los Elementos de Euclides y una de las primeras del Almagesto de Ptolomeo.

Todo este saber adquirido a través de las traducciones en el siglo IX pronto llegó a al-Ándalus, gracias al contacto cultural a través de los viajes recíprocos de los intelectuales, una costumbre muy usual y arraigada entre los árabes de entonces. Otros factores que colaboraron en la rápida difusión del conocimiento científico y favorecieron el apogeo del panorama bibliográfico e intelectual en todos los confines del mundo islámico fueron el auge de la industria del papel manufacturado, de invención china, que facilitó la producción literaria, y el avance en el arte de escribir y de copiar los libros y los tratados en el Islam.




ETAPA DE PRODUCCIÓN

La etapa de traducción fue seguida por otra actividad creativa o de producción propia de los árabes, que se podría situar aproximadamente entre mediados del siglo IX y fines del siglo XII, aunque hay algunos autores más tempranos o más tardíos también muy importantes.

Los árabes asimilaron el antiguo saber de India y Persia, así como la herencia clásica de Grecia, y lo adoptaron a sus propias necesidades y vías de pensamiento. Ellos, por tanto, recibieron toda la herencia antigua y la enriquecieron con sus inigualables tareas, contribuciones y hallazgos.

En cuanto a la medicina, ésta era básicamente una medicina hipocrática y galénica con ciertas influencias egipcias e hindúes, y tenía algunos aspectos comunes con la cristiana como, por ejemplo, el abandono de los estudios anatómicos, el desinterés por la cirugía y el apego a la cauterización. Pero ya en el siglo IX se combatía la charlatanería, se propiciaba una formación del médico, se estimulaba la observación, se fomentaba la salud pública y se abogaba por un control central de la medicina.

La medicina islámica poseía por sus raíces religiosas un profundo sentido de compasión fraternal por el enfermo, que adquirió carácter profesional formal en sus primeros escritos médicos al recoger la tradición hipocrática. La patología estaba basada en la doctrina griega de los humores, según la actual la enfermedad es considerada como un desequilibrio en cualquiera de los cuatro elementos de la naturaleza, es decir, lo frío, lo seco, lo húmedo y lo caliente. Como factores etiológicos se aceptaban las alteraciones en las seis cosas no naturales de Galeno, esto es, aire y ambiente, comida y bebida, sueño y vigilia, trabajo y descanso, ingesta y excreta y movimientos del ánimo, así como también el alimento y la bebida. Por otra parte la dieta ocupaba un lugar decisivo tanto como causa de enfermedad como factor terapéutico. La terapéutica constaba de las tres ramas galénicas tradicionales: la dietética, que era la base del tratamiento y que se entendía como la regulación total del género de vida; la farmacología; y la cirugía, que estaba muy poco desarrollada. Se le daba mucha importancia a la dieta y a la higiene, y se avanzó sobremanera en el campo de la materia médica, con el uso de los remedios simples y compuestos, dando lugar a la prestigiosa farmacopea árabe medieval. La dietética iba dirigida a evitar la enfermedad mediante normas muy sencillas para los enfermos, que trataban de regular las seis cosas no  naturales del galenismo. También eran importantes la luz, el aire, el agua, la situación geográfica y el clima, así como mantener el ritmo del trabajo y el descanso, del sueño y la vigilia, la higiene, la actividad sexual equilibrada, los estados de ánimo y los afectos del alma, pues la enfermedad mental y la dolencia espiritual estaban atendidas y consideradas al mismo nivel que la corporal, y eran motivo de preocupación científica.


Por otra parte, en España los estudios astronómicos se cultivaron asiduamente después de la 2ª mitad del siglo X y fueron vistos con especial interés por los gobernantes de Córdoba, Sevilla y Toledo. Siguiendo a Abu Ma´shar de Bagdad, muchos astrónomos andalusíes creían en la influencia astral como la causa de los sucesos acaecidos desde el nacimiento hasta su muerte. El estudio de esta influencia astral hizo que la astrología contribuyera al estudio de la astronomía.

Los astrónomos árabes hispanos contaban con las obras astronómicas y astrológicas precedentes de sus colegas de Oriente. Ellos reprodujeron el sistema aristotélico y con el nombre de Aristóteles combatieron la representación ptolomeica de los movimientos celestes. Entre los astrónomos, destacan Al-Mayriti (¿-1007) de Córdoba, Al-Zarqali (¿-1087) de Toledo, Ibn Aflah (siglo XII) de Sevilla, y Al-Bitruyi (¿-1204).

Los factores que determinan y explican el alto nivel de la ciencia árabe, en general, y de la medicina, en particular, durante la Edad Media fueron tres:

1. la transmisión del saber antiguo, en especial el griego, por medio de las traducciones.

2. la propia contribución científica de grandes pensadores árabes o que compusieron en árabe, debida en gran parte al conocimiento adquirido a través de las obras antiguas traducidas.

3. la fundación de organismos públicos y privados a través de los cuales se canalizaba este complejo abanico de ideas y en los que estudiantes recibían la educación teórica y la práctica necesarias para llegar a ser expertos médicos.


La instrucción de la medicina árabe se llevó a cabo por medio de tres tipos de escuelas o modelos de enseñanza:

1. A través de las escuelas médicas públicas conectadas a los hospitales y provistas de todas las instalaciones y materiales precisos para su funcionamiento y para la educación teórica y práctica de los alumnos: bibliotecas, boticas, salas de lectura y de almacenamiento, salas de preparación de medicamentos, etc. En España, el documento más antiguo sobre un hospital árabe es la inscripción fundacional del hospital de Granada en el siglo XIV, aunque se piensa que tuvo que haber otros anteriores de similares características.

2. A través de las escuelas médicas privadas dirigidas por eminentes médicos a cuyas lecturas acudían estudiantes de todas partes atraídos por su fama. Por ejemplo, en Al-Ándalus, Al-Mayriti dirigió una de estas escuelas médicas y, al parecer, también Al-Zahrawi.

3. A través de la enseñanza médica privada e individualizada, según el cual un aprendiz se ponía bajo las órdenes de un maestro del que recibía educación médica, tanto teórica como práctica. El tutor solía ser de la misma familia, dando lugar a linajes de médicos muy conocidos, como por ejemplo los Zuhr, en Al-Ándalus.




ETAPA DE TRANSMISIÓN A EUROPA

La tercera y última de esta cadena comenzó hacia finales del siglo XI y se extendió a lo largo de los siglos XII y XIII, cuando todo este cúmulo de saber greco-árabe pasó a Europa, gracias a las traducciones que de las obras de estos (y otros muchos) autores árabes, o que compusieron en árabe, se hicieron al latín en África del norte, Sicilia y, sobre todo, España, en la famosa Escuela de Traductores de Toledo, imponiéndose en Occidente hasta los siglos XVI y XVII.

La influencia árabe se ejerció también a través del comercio del Mediterráneo, especialmente en las ciudades italianas, y por el contacto entre Occidente y el mundo árabe en las Cruzadas en los siglos XI, XII y XIII.

El iniciador de este significativo movimiento de adquisición por parte de Occidente de la ciencia de los árabes, a través de su traducción al latín, fue Constantino el Africano (siglo XI), que perteneció a la legendaria escuela médica de Salerno y que tradujo la parte teórica del Libro real de Al-Mayusi con el título de Liber regius.

En segundo lugar en el tiempo, hay que destacar la figura de Gerardo de Cremona (siglo XII), que tradujo al latín una enorme cantidad de obras árabes muy importantes, algunas de las cuales ya han sido citadas anteriormente.

En tercer lugar en la cronología, destaca la aportación de Faray ibn Salim, según la tradición latina Fararius y Faragut, un judío siciliano que tradujo en 1279 el Continens de Al-Razi.

Gracias a Constantino, Gerardo de Cremona y Faray ibn Salim, la Europa medieval conoció la medicina árabe. Allí estaban amalgamadas las tres principales tradiciones médicas: la musulmana, la judía y la cristiana.

En este proceso de transmisión del conocimiento árabe en Occidente, Toledo, que mantuvo su posición después de la conquista cristiana en 1085 como un destacado centro de conocimiento islámico, actuó como el eslabón principal. Allí, por iniciativa del arzobispo Raimundo I se fundó en el siglo XII una escuela de traducción, la famosa Escuela de Traductores de Toledo, donde florecieron varias generaciones de traductores, desde aproximadamente 1135 hasta 1284, y donde, atraídos por su prestigio, acudieron sabios y doctos procedentes de diversas partes de Europa, incluidas las islas Británicas, a las que pertenecían Michael Scot, y Robert de ChesterEste último hizo en 1145 la primera traducción del álgebra de Al-Khwarizmi. Fue también en Toledo donde se estableció la primera Escuela Europea de Estudios Orientales en 1250 por la Orden de los Predicadores.

El nombre de Adelardo de Bath, que visitó España y Sicilia en esta época, fue uno de los más grandes de la ciencia inglesa antes de Roger Bacon. Tras su paso por Siria y Sicilia, vertió al latín en 1126 las tablas astronómicas de Al-Mayriti. También tradujo varios tratados astronómicos y matemáticos, y se convirtió en el primer arabista inglés.

En el siglo XIII, el escocés Michael Scot, estudió y trabajó en España antes de llegar a ser astrólogo de la Corte de Federico II en Sicilia. En Toledo tradujo, entre otros, los trabajos de astronomía de Al-Bitruyi y De coelo et mundo de Aristóteles. En Sicilia tradujo otros libros árabes, que él dedicó a Federico, el más importante de los cuales es la versión de Avicena sobre la zoología de Aristóteles.

Sin embargo, el traductor más prolífico de la Escuela de Toledo fue el ya muy citado Gerardo de Cremona, que tradujo al latín, además de las aludidas con anterioridad, la versión de Al-Fargani de Almagesto de Ptolomeo, el comentario de Al-Farabi sobre Aristóteles, los Elementos de Euclides y varios tratados de Aristóteles, Hipócrates y galeno; en total 71 obras árabes.

Los judíos, tanto los ortodoxos como los conversos, jugaron un papel relevante en esta labor de traducción al latín. Uno de los más representativos fue Abraham ben Ezra de Toledo (siglo XII) que vertió del árabe el comentario de Al-Biruni sobre las tablas de Al-Khwarizmi. También habría que destacar a su contemporáneo Juan de Sevilla, que tradujo obras de aritmética, astronomía, astrología, medicina y filosofía de Al-Fargani, Abu Ma´shar, Al-Kindi, Ibn Gabirol y Al-Gazzali, de las cuales la más importante fue la astronomía de Al-Fargani.

Así, a fines del siglo XIII, la ciencia y la filosofía árabes ya han sido transmitidas a Europa y la labor de España fue de intermediaria. Este cúmulo de saber pasó desde Toledo a la Provenza a través de los Pirineos; de allí traspasó los Alpes hasta Lorena, Alemania y Europa central, llegando has Inglaterra.

En esta tercera etapa, en virtud a las traducciones hechas del árabe al latín, tiene lugar la primera entrada a las lenguas europeas de términos técnicos y científicos árabes. Ejemplos en español: julepe, arrope, soda, alcohol, sirope, alambique, antimonio, atutía, cero, álgebra y muchos nombres de estrellas, etc., son de etimología árabe y testifican el rico legado del Islam en la Europa cristiana.

Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental




Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental
Thomas E. Woods J.R., Editorial Ciudadela

Descubra a la Iglesia como la principal impulsora del progreso de Occidente

La visión del mundo occidental hacia la Iglesia católica, en tiempos secularistas, no es favorable. Leyendas negras, imprecisiones históricas, ignorancia o mala fe nutren la opinión de muchas personas al afirmar que la milenaria institución ha condenado el progreso, las artes, las ciencias y ha sumido a las sociedades en el oscurantismo, contrarrestado a partir de la razón y de las luces que acabaron con la influencia de una Iglesia pétrea y supersticiosa; sin embargo, el espectador contemporáneo se sorprendería al conocer cómo la presencia de la Iglesia católica ha apuntalado muchos de los conocimientos, hechos y logros de los que gozamos actualmente y que, por ideologías y dogmatismos laicistas, se han empañado al afirmar una autoría secular de hombres y mujeres de fe católica.

Lo cierto es que sin la Iglesia, Europa no existiría como tal y por tanto tampoco la cultura occidental. Esta verdad, conocida por los estudiosos que no se acercan a los hechos con las anteojeras del anticlericalismo, no ha llegado al amplio público que sigue viviendo de los slogans que repiten los medios y cacarean los pedantes desde los púlpitos del resentimiento. Hacen falta obras divulgativas que den a conocer el papel decisivo del cristianismo. Estamos ante una de ellas.

Thomas E. Woods aprovecha las investigaciones recientes que empiezan a hacer justicia al pasado y ponen en evidencia que, sin el catolicismo, Europa no habría pasado del estado de barbarie. Para ilustrarlo sigue un método bien simple. Toma en consideración algunos puntos importantes: la ciencia, la Universidad, el Arte, la economía, el Derecho… y muestra como la Iglesia fue la matriz decisiva para su progreso.

Es cierto que la cultura occidental bebe también de otras fuentes, como Grecia o Roma, que fue una especie de cruce de caminos actuando de transmisora de los mejor de la cultura antigua, pero el cristianismo aporta un factor decisive.

Simplificando podríamos decir que libera a la razón y la conduce hacia lugares que pensaba imposibles. Es por ello que mientras la cultura china colapsa, a pesar de haber hecho algunos descubrimientos antes que Occidente, en Europa alcanza verdadera carta de naturaleza. Muy interesante es el apunte sobre el papel de la Edad Media al respecto.

Pero, además, ¿por qué el papado protege y alienta las Universidades? ¿Sabe alguien hoy que muchos científicos fueron religiosos o sacerdotes? ¿Se reconoce el papel de los monjes y los monasterios en la educación de lo que después sería Europa y que gracias a ellos muchas tierras baldías se volvieron cultivables? ¿Por qué se ignora que el Derecho internacional, de gentes en la terminología de la época, nació en la Universidad de Salamanca de la mano de sesudos dominicos? Estas y muchas otras preguntas dejarán de hacerse después de la lectura de este ameno e informado libro.

Lo recomendamos para el lector medio, pero especialmente para el estudiante que ha de soportar la vacuidad de programas, en algunos centros de enseñanza media. Una vez más la divulgación no significa pérdida de calidad en la exposición ni de rigor.

La civilización occidental nos ha dado el milagro de la ciencia moderna, la riqueza de la economía libre, la seguridad del imperio de la ley, un sentido único de los derechos humanos y de la libertad, la caridad como virtud, un espléndido arte y música, una filosofía fundada en la razón y otros innumerables regalos que la hacen la civilización más rica y poderosa de la Tierra. Pero, ¿cuál es la fuente última de todos esos regalos? El autor de varios best-sellers y profesor universitario Thomas E. Woods Jr. nos brinda la pospuesta respuesta: La Iglesia católica.

En Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental usted aprenderá:
- Por qué la ciencia moderna surgió de la Iglesia católica.
- Cómo los sacerdotes católicos desarrollaron la idea de economía libre quinientos años antes que Adam Smith.
- Cómo la Iglesia católica inventó la universidad.
- Por qué todo lo que usted ha oído sobre el affaire Galileo es falso.
- Cómo la Iglesia católica humanizó Occidente insistiendo en la sacralidad de toda vida humana.

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que los dos mil años de la Iglesia católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad.

¿Sabía el lector que uno de los principales renacimientos del conocimiento se dio durante el Sacro Imperio Romano Germánico? Más de uno quedaría sorprendido al conocer los principales cráteres de la Luna bautizados con los nombres de sabios e ilustres jesuitas quienes aportaron al mundo los conocimientos científicos fundamentales para la astronomía moderna.

Hoy, las universidades occidentales son los recintos del debate y de la sabiduría, lugares laicos iluminadores de la razón y destructores de los “dogmas” anquilosados; sin embargo, el germen de las universidades actuales tuvo su origen en las instituciones promovidas por el Catolicismo donde los Sumos Pontífices se convirtieron en mecenas para lograr el asiento de las artes liberales, de las humanidades, de la retórica, de las matemáticas, del derecho y de la economía.

Thomas E. Woods hace una recorrido por la historia de la Iglesia y de la humanidad descubriendo al lector los logros científicos, diplomáticos, literarios y arquitectónicos cuyo su origen fue el pensamiento religioso y talento de los hombres de Iglesia; otorga, por otro lado, elementos suficientes que analizan, de manera objetiva, la naturaleza verdadera de la condena de Galileo Galilei y cómo, a pesar de la censura, gozó del aprecio de los científicos eclesiásticos y de Pontífices por sus argumentaciones a favor del sistema copernicano.

El autor no duda en concluir que occidente sufre una “amnesia histórica”. Después de la lectura de Cómo la Iglesia católica construyó la civilización occidental, obra prologada por el arzobispo primado de México Norberto Rivera Carrera, no habría otra cosa que un mea culpa de occidente por haber despreciado los aportes del catolicismo de los que, de alguna forma u otra, disfrutamos actualmente y que, como afirma Thomas Woods, “la mayoría de la gente cree que los mil años que precedieron al Renacimiento fueron tiempos de ignorancia y represión…” esto es fruto de una cultura popular adversa a una tradición procedente de la Evangelización que proporcionó identidad cultural a los pueblos y donde la Iglesia puso en práctica los criterios de la inculturación que “contribuyó al desarrollo de las culturas nativas y nacionales”.

Elogio al esplendor de Córdoba


El Califato de Córdoba de los Omeyas vivió un periodo de esplendor cultural durante el siglo X de la mano de Abd al-Rahman III y de Al Hakam II. El primero de los emires levantó a las afueras de Córdoba el palacio Medina Azahara cuyo embrujo arquitectónico reflejaba la grandeza del califato. Su reinado fue el más fascinante de la Hispania islámica, erigida en la cabeza de del reino más poderoso de Occidente. Por sus palacios, patrios y jardines desfilaban embajadores de Oriente, embajadores cristianos peninsulares y mercaderes europeos. El embajador del emperador Otón se dirigió a Abd al-Rahman III en los salones de Medina Azahara: "Yo te saludo, oh rey de Al-Ándalus, a la que los antiguos llamaban Hispania".

El emir protege en su corte a científicos y filósofos, se abren escuelas, aumentan la venta de libros procedentes de Oriente y se incentiva la labor de traductores especializados. Los filósofos se cuestionan el origen de la materia, comentan las obras de Aristóteles y aglutinan los conocimientos antiguos en tratados sistemáticos. Los científicos registran los progresos matemáticos y técnicos de Oriente; desde la India llega el actual sistema numérico; la medicina se renueva con la traducción del tratado de Dioscórides.


MEZQUITA DE CÓRDOBA


El cosmopolitismo de Medina Azahara atrajo a poetas y escritores que enriquecieron con sus tradiciones literarias el esplendor Omeya, y cantaron las proezas de sus mecenas.

Hechizado por las letras, la música y poesía, Al Hakam II fundó la mayor biblioteca de Occidente, que albergaba todas las ramas del saber en sus más de cuatrocientos volúmenes.

El esplendor de esta capital es dedicado por Luis de Góngora en A Córdoba:
"¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
de honor, de majestad, de gallardía!
Oh gran río, gran rey de Andalucía,
de arenas nobles, ya que no doradas!
¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas
que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre gloriosa patria mía,
tanto por plumas cuanto por espadas!
¡Si entre aquellas ruinas y despojos
que enriquece Genil y Dauro baña
tu memoria no fue alimento mío,
nunca merezcan mis ausentes ojos
ver tu muro, tus torres y tu río,
tu llano y sierra, oh patria, oh flor de España!"


LA CORTE DE ABDERRAMÁN III


A finales del siglo X (978), Almanzor suplantaba al califa y promovía el fanatismo de los doctores religiosos, que declaraban pernicioso el debate erudito. La censura amordazó el pensamiento, persiguiéndose la libertad de filósofos y astrónomos, que continuaron sus estudios en la clandestinidad, y la biblioteca reunida por Al Haham II era devastada en un terrible atentado contra la inteligencia.

Esa Córdoba fue añorada por Abulbeca de Rond:
"¿Qué es de Córdoba en el día,
donde las ciencias hallaban
noble asiento,
do las artes a porfía
por su gloria se afanaban?"

Según el historiador árabe Ibn Idari, los siguientes versos se esculpieron en mármol, a manera de epitafio de la tumba de Almanzor. Elogiaban el dominio militar de los Ejércitos andalucíes del caudillo cordobés sobre la península Ibérica:
"Sus huellas sobre la tierra te enseñarán su historia,
como si la vieras con tus propios ojos.
Por Allah que jamás los tiempos traerán otro semejante,
que dominara la península
y condujera los ejércitos como él."


CÓRDOBA CALIFAL


Ahmad ibn Muhammad ibn Darray al-Qastalli es un poeta de origen bereber, natural del Algarve, más conocido como Ibn Darray. En el año 992 entró en el séquito de Almanzor, gracias al mérito de una casida improvisada con tema y rima forzados. Formaba parte del Ejército cordobés, acompañándo a su caudillo en las expedicionesde militares contra los reinos cristianos. Durante ese periodo se dedicó a componer poesías que ensalzaban la actividad bélica de Almanzor mediante diwanes (colecciones de poesías), que narraban los acontecimientos bélicos, alcanzando un doble valor: literario e histórico.
"Tu victoria en Santiago llena de luz la tierra,
igual que el sol extiende el día.
Vuelve ahora a peregrinar con los musulmanes
tras haber destruido el centro
de peregrinación de los cristianos,
pues Cairuan, Egipto y el Hiyaz
fijan en ti sus ojos, esperando."