Iluminismo de los alumbrados

 
El Iluminismo de los alumbrados fuer un movimiento religioso español del siglo XVI, perteneciente al Cristianismo. A pesar de defender el Catolicismo, funcionaba como una secta mística y fue perseguido por ser considerado un grupo herético y protestante. Tuvo su origen aproximado en 1511, en pequeñas localidades del centro de Castilla, como Pastrana, Escalona o Llerena. Los alumbrados, también llamados iluministas, estaban englobados dentro de una corriente mística, desarrollada en Europa en los siglos XVI y XVII, denominada Iluminsimo.

Conviviendo con las corrientes oficiales y ortodoxas de su época, surgieron diversos grupos de alumbrados, que con el objetivo de hacer reformas, se reunían en conventos para predicar la completa pasividad y el abandono sin control a la inspiración divina.

Su heterodoxia doctrinal les hacía creer que el hombre podía tener contacto directo con Dios a través del Espíritu Santo expresado mediante visiones y experiencias místicas. Es el método místico llamado Recogimiento, consistente en la unión del alma con Dios, y sus practicantes fueron llamados "recogidos". Dentro del Recogimiento existía una versión más radical, consistente en la unión pasiva del alma con Dios, sin hacer absolutamente nada, y cuyos seguidores fueron llamados "dejados", y más tarde "quietistas" con Miguel de Molinos como máximo representante.
 
ALUMBRADO

Su doctrina les permitía la libre interpretación de las Sagradas Escrituras sin la dirección sacerdotal, a través de una oración mental antes que vocal. Se trataba de una oración interior e individual, sin la intervención de mediadores, y por tanto carentes de cualquier tipo de comunión o la confesión. Por tanto, rechazaron la autoridad y jerarquía de la Iglesia, renunciaron a participar en sus tradicionales ceremonias oficiales y a creer en sus dogmas, e ignoraron las imágenes o esculturas representativas de santos, vírgenes y cristos. Se negaron a practicar los sacramentos y a realizar obras de misericordia y de caridad. Todos estos ritos y símbolos oficiales del Cristianismo fueron considerados inútiles.

Para los alumbrados estas prácticas místicas procedían de la inspiración divina, movidos por su amor a Dios. Consideraban que era la voluntad de Dios la que dirigía su comportamiento y que, por tanto, tales prácticas no podían considerarse como pecados.

Dentro de estos grupos de disidentes españoles, aparecieron algunos "iluminados" por Dios, que se creían poseedores de especiales poderes taumatúrgicos y se atrevieron a anunciar acontecimientos venideros y a interpretar la Biblia, simulando éxtasis, levitaciones, estigmas postizos y toda suerte de fenómenos sobrenaturales.

Algunos sacerdotes incluso mantuvieron actitudes morales aberrantes y depravadas, realizando profanaciones de lugares sagrados e imponiendo penitencias sexuales. El establecimiento de relaciones sexuales entre los sacerdotes y sus seguidores fue considerado como un método para alcanzar el poder místico que comunicase directamente con Dios, haciéndoles creer que el mesías nacería de dichas relaciones entre ambos. Los alicientes de estas prácticas místico-carnales consiguieron que pronto fuesen secundadas por más clérigos y seglares, los cuales embaucaron a una población ignorante en asuntos del dogma católico.
 
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Este tipo de creencias heterodoxas cristianas había tenido precedentes desde el Reino Suevo con los priscilianistas. Remaneció en el siglo XIII con los albigenses de Cataluña y León, en el XIV con los begardos de Cataluña y Valencia, y en el XV con los llamados herejes de Durango pertenecientes a la secta de los fratricellos.

Pero fue la combinación de varios factores lo que motivó su revulsivo a comienzos del siglo XVI. El primer aspecto fue la Reforma católica española, que proclamaba el examen individual, la inspiración privada y el menosprecio de las obras pías. A ella hay que añadir la reforma claustral del cardenal Jiménez de Cisneros.

Se estaban degenerando muchas costumbres, las cuales fueron descritas por las obras literarias durante el reinado de los Reyes Católicos, desde la Celestina de Fernando de Rojas hasta el Cancionero de burlas provocantes a risa de Juan Viñao.

Desde Alemania, llegaron influencias de sus místicos, relacionados con prácticas de Panteísmo y Quietismo. Se empezaron a leer libros traducidos al castellano favorables a la embriaguez contemplativa, como las Instituciones de Taulero, el Espejo de perfección (Theología mystica) de Henrico Herpio, el De los cuatro postrimeros trances de Dionisio Richel, los de Suso, Ruysbrochio, y Meister Eckart. Lutero y sus seguidores consideraron a estos místicos de siglos anteriores como sus maestros y predecesores, lo que hizo relacionar estas lecturas con el Protestantismo y ser incluías en el Índice de libros prohibidos del inquisidor general Fernando de Valdés.

Por el contrario, Juan de Valdés, el más notable de los iluminados españoles, en sus Consideraciones divinas fue un ferviente defensor del Quietismo y de las enseñanzas en profecía de Miguel de Molinos, otro de los grandes místicos españoles de la época.
 

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Si a este movimiento fueron accediendo espíritus tan puros y recios como Juan de Valdés o Miguel de Molinos, no es de extrañar que se fueran sumando los frailes más concupiscentes, las beatas más rebeldes, las monjas sin vocación, los soldados que regresaban de los Tercios, las gentes rudas y analfabetas del populacho. Los cristianos más hipócritas, hábiles, ilusos, fanáticos y malvados, carentes de moral y escrúpulos, intentaron utilizar cualquier creencia religiosa con una amplia permisividad dogmática para ocultar sus abusos y picarescas, aunque esta fuese el Luteranismo. Se trataba de un amparo para cometer sus pecados, si estos alumbrados entregaban su alma a Dios y su cuerpo al Diablo, excusándose en la palabra de Martín Lutero que les gritaba:
"Sé pecador, peca fuertemente, porque tu naturaleza es el pecado; pero ten fe y confianza robusta, y alégrate y regocíjate en Cristo."
Se reunían formando congregaciones asentadas dentro de algún conventículo, y sus practicantes eran gentes de diversa condición, desde eclesiásticos de cualquier nivel jerárquico  como fray Alonso de la Fuente, hasta conventos enteros como el de San Plácido en Madrid. Pedro Ruiz de Alcázar, Isabel de la Cruz y Bedoya formaron el núcleo principal de la congregación de Escalona en el año de su fundación en 1511. Algunos han considerado como la inspiración del pensamiento de Juan de Valdés al proclamar el "amor de Dios no como idea mística, sino como certeza absoluta de que Dios guía a la mente humana para poder leer las Escrituras con entera libertad".


PALACIO DEL DUQUE DEL INFANTADO

Todo este movimiento de heterodoxos propició un clima de desconfianza, que se incrementó con las delaciones de sus enemigos. Así, el Edicto de Toledo de 1525 "contra alumbrados" fue aprobado por el erasmista Alonso Manrique. Condenaba sus ideas por estar relacionadas con el Protestantismo y con la herejía, e incluía una lista de 48 proposiciones consideradas heréticas.
La Santa Inquisición persiguió con dureza a estos visionarios ante las sospechas de prácticas heréticas. Una primera investigación arrestó a los principales líderes de la congregación de Guadalajara, la beata Isabel de la Cruz y Pedro Ruiz de Alcaraz, que fueron sentenciados en un auto de fe de 1529. Ese mismo año, se descubrió en Toledo una congregación secreta de alumbrados, casi todos iletrados, que fueron condenados a tormento o prisión. También en Valladolid otra congregación fue desarticulada, estaba encabezada por la beata Francisca Fernández, quien terminó delatando a algunos de sus seguidores de alta alcurnia como el fanciscano Francisco de Ortiz, Barnardino Tovar, María de Cazalla, Francisca Hernández, Miguel de Eguía y Juan del Castillo.
 
El pensamiento religioso de algunos iluminados fue de lo más heterodoxo y concupiscente, resultado en ocasiones más protestante que la doctrina de Lutero. Por ejemplo, en la villa de Escalona apareció una secta, cuya líder dogmática fue una beata toledana llamada Isabel de la Cruz. Estos practicaban con todo placer y regocijo en Semana Santa, negaban la existencia del infierno, y llamaban acto matrimonial a la unión mística con Dios, con el que llegaban a hablar. Tales prácticas y dogmas fueron comparadas por la Inquisición con las de otras herejías medievales:
"se resucitan eregias porque aquel ynterior dexamiento aquella suspensión occiosa de pensamiento aquel no hazer mas de dexarse a que Dios obre y no ellos error fue de Ioannes hus y de Ioannes flirseso por Leuterio seguido que niegan el libre alvedrio para obrar puniendo la perfeezion en padezer y aquella perfeczion falsa que dogmatizan... de los bigardos y biguinos emano pues propone con ellos que los perfectos no son obligados a ayunar, a orar, ni a humana obediencia subjetos, ni a preceptos de yglesia obligados porque ubi pus dñi ibi libertas (ubi opus domini ibi libertas) y a la adoración y herimiento de pechos que niegan claro es se de los mismos y si el zelo del santo officio no lo ataja es cierto llegara a yntroducir la abominable caridad que almerico y fray alonso de meya dogmatizaron. Lo tercero es sy bien es el cevo del anzuelo en los hereticos mayor cevo es el mayor bien todos los ereges antepasados pretendían la evangelica verdad o bondad y esto el que mas lo pretendía el Leuterio perfido que pretende evangelica libertad..."

Durante finales de ese siglo y principios del XVII, unos clérigos de Llerena, Hernando Álvarez y Cristóbal Chamizo extendieron unas extravagantes prácticas y opiniones teológicas también en Extremadura. La Inquisición consideró equivalentes a las de los alumbrados:
"Al menosprecio de los preceptos divinos y a la profanación de los lugares más sagrados, unían una disolución carnal inconcebible, y las penitencias que en el confesionario propinaban, eran ayuntamientos sexuales de las confesadas con ellos mismos, enseñándoles que el Mesías había de nacer del comercio de una doncella con alguno de los confesores alumbrados."

JUICIO A LOS ALUMBRADOS POR UN TRIBUNAL DE LA INQUISICIÓN

En Extremadura hubo casos de alumbrados especialmente en la comarca de Olivenza y en Badajoz, donde muchos pueblos estaban divididos a favor y en contra de la nueva espiritualidad. El fraile Alonso de la Fuente llevó a cabo una serie de investigaciones y persecuciones que terminó con nueve años de pecaminoso comportamiento por iluminados desde 1570 hasta 1579. La Inquisición condenó a ocho clérigos y algunas beatas además de civiles, en autos de fe de 1575 y 1579.

El informe del prior de los dominicos de Lucena a la Inquisición de Córdoba, en 1585, recogía la pretensión de los alumbrados de comulgar sin confesar, porque creían que "gente justificada y confirmada en el bien no pueden ya pecar".
 
Algunos místicos como Teresa de Jesús fueron inicialmente sospechosos de pertenecer a los alumbrados. Juan de Ávila, apóstol de Andalucía, fue encarcelado durante unos días en Sevilla cuestionado erróneamente a cerca de la pureza de su vida y la buena doctrina de sus sermones. Quien no pudo escapar de la persecución fue Miguel de Molinos. En cambio, algunos nobles protegieron a estos grupos que buscaban una religión interior más auténtica. Destacaron el que estuvo bajo el mecenazgo del duque del Infantado en su palacio de Guadalajara, y bajo la protección del marqués de Villena en Escalona.

Hasta en tres ocasiones, la Inquisición registró los errores de las herejías de los alumbrados mediante la aprobación de los edictos de gracia y delaciones de 1525, 1568 y 1574.

En el siglo XVII, el inquisidor general Andrés Pacheco creyó conveniente atajar los progresos de aquella herejía con un nuevo edicto de 1623. Estaba especialmente dirigido a los creyentes de Sevilla y Cádiz, a quienes ordenaba denunciar aquellas reuniones y conventículos secretos de los alumbrados. Expuso un catálogo con los setenta y seis errores más frecuentes, que de forma resumida podrían sintetizarse en estas doce diligencias:
1. Que la oración mental es de precepto devino, y que con ella se cumple todo lo demás.
2. Que los siervos de Dios no han de ejercitarse en trabajos corporales. 
3. Que no se ha de obedecer a Prelado, padre ni superior en cuanto mandaren cosa que estorbe la contemplación. 
4. Que ciertos ardores, temblores y desmayos que padecen son estar en gracia y tener el Espíritu Santo, y que los perfectos no tienen necesidad de hacer obras virtuosas. 
5. Que se puede ver, y se ve en esta vida, la esencia divina y misterios de la Santísima Trinidad, cuando se llega a cierto punto de perfección, en que el Espíritu Santo gobierna interiormente a sus elegidos. 
6. Que habiendo llegado a cierto punto de perfección no se deben ver imágenes santas ni oír sermones, ni obliga en tal estado el precepto de oír misa. 
7. Que la persona que comulga con mayor Forma o con más Forma es más perfecta. 
8. Que puede una persona llegar a tal estado de perfección, que la gracia anegue las potencias, de manera que no pueda el alma ir atrás no adelante. 
9. Que es vana la intercesión de los Santos. 
10. Que solamente se ha de entender lo que Dios entiende, que es a sí mismo y en sí mismo y a las cosas en sí mismo. 
11. Que la vista de Dios, comunicada una vez al alma en esta vida, se queda perpetuamente en ella, a voluntad del que la tuvo. 
12. Que en los éxtasis no hay fe, porque se ve a Dios claramente viniendo a ser el rapto un estado intermedio entre fe y gloria.

 
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