Etapas de la Ciencia hispano-árabe


La España musulmana escribió uno de los episodios más brillantes en la historia intelectual de la Europa de la Edad Media. Desde mediados del siglo VIII hasta comienzos del XIII, los árabes dominaron el mundo con su civilización y fueron los protagonistas indiscutibles de la historia. Ellos recogieron el conocimiento legado por los autores clásicos grecorromanos, lo ampliaron y enriquecieron con contribuciones propias, y lo transmitieron a la Europa cristiana del Renacimiento. En todo este proceso, España tuvo una importante participación como promotora y transmisora.

Ante el oscurantismo crónico en que estaban sumidos, los territorios cristianos se rindieron a la supremacía científica y cultural del Islam y adquirir los conocimientos de las fuentes árabes.

Tras la caída del Imperio romano y las invasiones bárbaras, la única institución que dirigió la sociedad fue la Iglesia católica. La ciencia de la Europa cristiana estaba reunida en los monasterios, siendo el clero la clase culta, y no la realeza y aristocracia.

En contraposición a este panorama intelectual del Cristianismo en la Edad Media, el Islam, que irrumpió en la historia en el siglo VII, tenía en su poder todo el amplio conocimiento antiguo. La importancia de la ciencia árabe radicaba en haber sido el eslabón intermedio e imprescindible en la cadena que unía la ciencia clásica, fundamentalmente la griega, con la ciencia de la Europa de los siglos XV, XVI y XVII.

Este proceso se desarrolló en tres etapas principales:

1. etapa de traducción (750 - 850)

2. etapa de producción (850 - s.XII)

3. etapa de transmisión (s.XII - s.XIII)




ETAPA DE TRADUCCIÓN

A mediados del siglo VIII el islam ya se extiende desde el mediterráneo hasta China, es la época en la que el pueblo árabe comenzó a asimilar las culturas de los pueblos que iba sometiendo, sentando las bases del esplendor que caracterizó al primer periodo de la dinastía Abbasí (750-1000). En oriente, el contacto con las civilizaciones bizantina y persa le permitió adquirir el legado de las antiguas culturas.

En el siglo IX, se inició el desarrollo de la educación y la práctica médicas en el Islam, pues fue cuando se produjo un notable ascenso en la fundación de instituciones de carácter público y privado, como escuelas, hospitales y bibliotecas, que contribuyeron al avance y el auge de la educación médica entre los árabes. Fue el momento culminante de todo un proceso evolutivo que había comenzado casi un siglo y medio antes, con la llegada al poder de los abasíes. Los califas de esta dinastía se rodearon de intelectuales y patrocinaron la empresa de transmitir los legados literarios y científicos de las civilizaciones antiguas: Grecia, India, Persia y Egipto.

De esta manera, fueron vertidos al árabe los escritos más importantes del siríaco, persa, sánscrito, nabateo, copto y, sobre todo, griego, es decir, las obras de Ptolomeo, Hipócrates, Hermes, Trimegisto, Galeno, Dioscórides, Aristóteles y Platón, entre otros muchos, la mayoría de las cuales están perdidos en su original y se han conocido gracias a su traducción árabe.

Respecto a la filosofía y las ciencias (matemáticas, astronomía, astrología, alquimia, medicina, farmacología, alquimia, medicina, farmacopea, etc.), la influencia más acusada se debió a la cultura helénica.

Edessa, el principal centro de los sirios cristianos, Harran, Antioquía, Alejandría y los diversos enclaves de Siria y Mesopotamia: todas estas ciudades sirvieron como centros de irradiación de los estímulos helenísticos. En un principio los árabes no sabían griego. Fueron, por tanto, los nestorianos cristianos de Siria los que tradujeron primeramente del griego al siríaco y, después, del siríaco al árabe, convirtiéndose en el primer punto de encuentro entre el Helenismo y el Islam a través del siríaco.

El apogeo de la influencia griega hay que buscarlo bajo el califa Al-Ma´mun, quien en el año 830 fundó en Bagdad su famosa Baut al Hikma (Casa de la Sabiduría), una mezcla de biblioteca, academia y centro de traducción.

Uno de los traductores pioneros del griego fue Ibn Al-Bitriq (800), a quien se le atribuye la versión al árabe de las mejores obras de Hipócrates y galeno, así como el Quadripartium de Ptolomeo.

Otros traductores importantes fueron Ibn Masawayh (857) y su discípulo Hunayn ibn Ishaq (808-873), conocido en la tradición latina como Johannitius. Éste último y sus colaboradores tradujeron, entre otras muchas obras, una gran parte del corpus hipocrático, los libros de Galeno, los escritos y compilaciones de Oribasios, los siete libros de pablo de Egina; el Corpus Hermeticum de Hermes Trimegisto, que recoge el conocimiento médico del Egipto helenizado rescatado por la cultura bizantina y expresado a través de unas creencias sanadoras relacionadas con la magia, la astrología y la alquimia, la República de Platón, y las Categorías, la Física y la Magna Moralia de Aristóteles, etc. Además, en botánica Johannitius revisó las traducciones árabes de los cinco tratados de la Materia Médica de Dioscórides, que habían sido realizadas por Istifan ibn Basil: este libro fue estudiado por los alumnos de medicina y farmacia de entonces y fue de consulta imprescindible por parte de los autores árabes posteriores, siendo la base de la rica farmacopea árabe medieval.

Los herboristas y médicos árabes investigaron sobre esta forme base, añadieron observaciones personales sobre drogas y remedios y ampliaron las investigaciones farmacológicas.

Paralelamente a este grupo de traductores nestorianos, especialmente representados por Joahannitius, se encontraba otro, el de los sabeos de Harran, entre los cuales destaca Thabit ibn Qurrah (901), que estaban interesados fundamentalmente en la astronomía y las matemáticas y a cuyo fundador Yusuf ibn Matar se le atribuye haber hecho la primera traducción de los Elementos de Euclides y una de las primeras del Almagesto de Ptolomeo.

Todo este saber adquirido a través de las traducciones en el siglo IX pronto llegó a al-Ándalus, gracias al contacto cultural a través de los viajes recíprocos de los intelectuales, una costumbre muy usual y arraigada entre los árabes de entonces. Otros factores que colaboraron en la rápida difusión del conocimiento científico y favorecieron el apogeo del panorama bibliográfico e intelectual en todos los confines del mundo islámico fueron el auge de la industria del papel manufacturado, de invención china, que facilitó la producción literaria, y el avance en el arte de escribir y de copiar los libros y los tratados en el Islam.




ETAPA DE PRODUCCIÓN

La etapa de traducción fue seguida por otra actividad creativa o de producción propia de los árabes, que se podría situar aproximadamente entre mediados del siglo IX y fines del siglo XII, aunque hay algunos autores más tempranos o más tardíos también muy importantes.

Los árabes asimilaron el antiguo saber de India y Persia, así como la herencia clásica de Grecia, y lo adoptaron a sus propias necesidades y vías de pensamiento. Ellos, por tanto, recibieron toda la herencia antigua y la enriquecieron con sus inigualables tareas, contribuciones y hallazgos.

En cuanto a la medicina, ésta era básicamente una medicina hipocrática y galénica con ciertas influencias egipcias e hindúes, y tenía algunos aspectos comunes con la cristiana como, por ejemplo, el abandono de los estudios anatómicos, el desinterés por la cirugía y el apego a la cauterización. Pero ya en el siglo IX se combatía la charlatanería, se propiciaba una formación del médico, se estimulaba la observación, se fomentaba la salud pública y se abogaba por un control central de la medicina.

La medicina islámica poseía por sus raíces religiosas un profundo sentido de compasión fraternal por el enfermo, que adquirió carácter profesional formal en sus primeros escritos médicos al recoger la tradición hipocrática. La patología estaba basada en la doctrina griega de los humores, según la actual la enfermedad es considerada como un desequilibrio en cualquiera de los cuatro elementos de la naturaleza, es decir, lo frío, lo seco, lo húmedo y lo caliente. Como factores etiológicos se aceptaban las alteraciones en las seis cosas no naturales de Galeno, esto es, aire y ambiente, comida y bebida, sueño y vigilia, trabajo y descanso, ingesta y excreta y movimientos del ánimo, así como también el alimento y la bebida. Por otra parte la dieta ocupaba un lugar decisivo tanto como causa de enfermedad como factor terapéutico. La terapéutica constaba de las tres ramas galénicas tradicionales: la dietética, que era la base del tratamiento y que se entendía como la regulación total del género de vida; la farmacología; y la cirugía, que estaba muy poco desarrollada. Se le daba mucha importancia a la dieta y a la higiene, y se avanzó sobremanera en el campo de la materia médica, con el uso de los remedios simples y compuestos, dando lugar a la prestigiosa farmacopea árabe medieval. La dietética iba dirigida a evitar la enfermedad mediante normas muy sencillas para los enfermos, que trataban de regular las seis cosas no  naturales del galenismo. También eran importantes la luz, el aire, el agua, la situación geográfica y el clima, así como mantener el ritmo del trabajo y el descanso, del sueño y la vigilia, la higiene, la actividad sexual equilibrada, los estados de ánimo y los afectos del alma, pues la enfermedad mental y la dolencia espiritual estaban atendidas y consideradas al mismo nivel que la corporal, y eran motivo de preocupación científica.


Por otra parte, en España los estudios astronómicos se cultivaron asiduamente después de la 2ª mitad del siglo X y fueron vistos con especial interés por los gobernantes de Córdoba, Sevilla y Toledo. Siguiendo a Abu Ma´shar de Bagdad, muchos astrónomos andalusíes creían en la influencia astral como la causa de los sucesos acaecidos desde el nacimiento hasta su muerte. El estudio de esta influencia astral hizo que la astrología contribuyera al estudio de la astronomía.

Los astrónomos árabes hispanos contaban con las obras astronómicas y astrológicas precedentes de sus colegas de Oriente. Ellos reprodujeron el sistema aristotélico y con el nombre de Aristóteles combatieron la representación ptolomeica de los movimientos celestes. Entre los astrónomos, destacan Al-Mayriti (¿-1007) de Córdoba, Al-Zarqali (¿-1087) de Toledo, Ibn Aflah (siglo XII) de Sevilla, y Al-Bitruyi (¿-1204).

Los factores que determinan y explican el alto nivel de la ciencia árabe, en general, y de la medicina, en particular, durante la Edad Media fueron tres:

1. la transmisión del saber antiguo, en especial el griego, por medio de las traducciones.

2. la propia contribución científica de grandes pensadores árabes o que compusieron en árabe, debida en gran parte al conocimiento adquirido a través de las obras antiguas traducidas.

3. la fundación de organismos públicos y privados a través de los cuales se canalizaba este complejo abanico de ideas y en los que estudiantes recibían la educación teórica y la práctica necesarias para llegar a ser expertos médicos.


La instrucción de la medicina árabe se llevó a cabo por medio de tres tipos de escuelas o modelos de enseñanza:

1. A través de las escuelas médicas públicas conectadas a los hospitales y provistas de todas las instalaciones y materiales precisos para su funcionamiento y para la educación teórica y práctica de los alumnos: bibliotecas, boticas, salas de lectura y de almacenamiento, salas de preparación de medicamentos, etc. En España, el documento más antiguo sobre un hospital árabe es la inscripción fundacional del hospital de Granada en el siglo XIV, aunque se piensa que tuvo que haber otros anteriores de similares características.

2. A través de las escuelas médicas privadas dirigidas por eminentes médicos a cuyas lecturas acudían estudiantes de todas partes atraídos por su fama. Por ejemplo, en Al-Ándalus, Al-Mayriti dirigió una de estas escuelas médicas y, al parecer, también Al-Zahrawi.

3. A través de la enseñanza médica privada e individualizada, según el cual un aprendiz se ponía bajo las órdenes de un maestro del que recibía educación médica, tanto teórica como práctica. El tutor solía ser de la misma familia, dando lugar a linajes de médicos muy conocidos, como por ejemplo los Zuhr, en Al-Ándalus.




ETAPA DE TRANSMISIÓN A EUROPA

La tercera y última de esta cadena comenzó hacia finales del siglo XI y se extendió a lo largo de los siglos XII y XIII, cuando todo este cúmulo de saber greco-árabe pasó a Europa, gracias a las traducciones que de las obras de estos (y otros muchos) autores árabes, o que compusieron en árabe, se hicieron al latín en África del norte, Sicilia y, sobre todo, España, en la famosa Escuela de Traductores de Toledo, imponiéndose en Occidente hasta los siglos XVI y XVII.

La influencia árabe se ejerció también a través del comercio del Mediterráneo, especialmente en las ciudades italianas, y por el contacto entre Occidente y el mundo árabe en las Cruzadas en los siglos XI, XII y XIII.

El iniciador de este significativo movimiento de adquisición por parte de Occidente de la ciencia de los árabes, a través de su traducción al latín, fue Constantino el Africano (siglo XI), que perteneció a la legendaria escuela médica de Salerno y que tradujo la parte teórica del Libro real de Al-Mayusi con el título de Liber regius.

En segundo lugar en el tiempo, hay que destacar la figura de Gerardo de Cremona (siglo XII), que tradujo al latín una enorme cantidad de obras árabes muy importantes, algunas de las cuales ya han sido citadas anteriormente.

En tercer lugar en la cronología, destaca la aportación de Faray ibn Salim, según la tradición latina Fararius y Faragut, un judío siciliano que tradujo en 1279 el Continens de Al-Razi.

Gracias a Constantino, Gerardo de Cremona y Faray ibn Salim, la Europa medieval conoció la medicina árabe. Allí estaban amalgamadas las tres principales tradiciones médicas: la musulmana, la judía y la cristiana.

En este proceso de transmisión del conocimiento árabe en Occidente, Toledo, que mantuvo su posición después de la conquista cristiana en 1085 como un destacado centro de conocimiento islámico, actuó como el eslabón principal. Allí, por iniciativa del arzobispo Raimundo I se fundó en el siglo XII una escuela de traducción, la famosa Escuela de Traductores de Toledo, donde florecieron varias generaciones de traductores, desde aproximadamente 1135 hasta 1284, y donde, atraídos por su prestigio, acudieron sabios y doctos procedentes de diversas partes de Europa, incluidas las islas Británicas, a las que pertenecían Michael Scot, y Robert de ChesterEste último hizo en 1145 la primera traducción del álgebra de Al-Khwarizmi. Fue también en Toledo donde se estableció la primera Escuela Europea de Estudios Orientales en 1250 por la Orden de los Predicadores.

El nombre de Adelardo de Bath, que visitó España y Sicilia en esta época, fue uno de los más grandes de la ciencia inglesa antes de Roger Bacon. Tras su paso por Siria y Sicilia, vertió al latín en 1126 las tablas astronómicas de Al-Mayriti. También tradujo varios tratados astronómicos y matemáticos, y se convirtió en el primer arabista inglés.

En el siglo XIII, el escocés Michael Scot, estudió y trabajó en España antes de llegar a ser astrólogo de la Corte de Federico II en Sicilia. En Toledo tradujo, entre otros, los trabajos de astronomía de Al-Bitruyi y De coelo et mundo de Aristóteles. En Sicilia tradujo otros libros árabes, que él dedicó a Federico, el más importante de los cuales es la versión de Avicena sobre la zoología de Aristóteles.

Sin embargo, el traductor más prolífico de la Escuela de Toledo fue el ya muy citado Gerardo de Cremona, que tradujo al latín, además de las aludidas con anterioridad, la versión de Al-Fargani de Almagesto de Ptolomeo, el comentario de Al-Farabi sobre Aristóteles, los Elementos de Euclides y varios tratados de Aristóteles, Hipócrates y galeno; en total 71 obras árabes.

Los judíos, tanto los ortodoxos como los conversos, jugaron un papel relevante en esta labor de traducción al latín. Uno de los más representativos fue Abraham ben Ezra de Toledo (siglo XII) que vertió del árabe el comentario de Al-Biruni sobre las tablas de Al-Khwarizmi. También habría que destacar a su contemporáneo Juan de Sevilla, que tradujo obras de aritmética, astronomía, astrología, medicina y filosofía de Al-Fargani, Abu Ma´shar, Al-Kindi, Ibn Gabirol y Al-Gazzali, de las cuales la más importante fue la astronomía de Al-Fargani.

Así, a fines del siglo XIII, la ciencia y la filosofía árabes ya han sido transmitidas a Europa y la labor de España fue de intermediaria. Este cúmulo de saber pasó desde Toledo a la Provenza a través de los Pirineos; de allí traspasó los Alpes hasta Lorena, Alemania y Europa central, llegando has Inglaterra.

En esta tercera etapa, en virtud a las traducciones hechas del árabe al latín, tiene lugar la primera entrada a las lenguas europeas de términos técnicos y científicos árabes. Ejemplos en español: julepe, arrope, soda, alcohol, sirope, alambique, antimonio, atutía, cero, álgebra y muchos nombres de estrellas, etc., son de etimología árabe y testifican el rico legado del Islam en la Europa cristiana.

Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental




Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental
Thomas E. Woods J.R., Editorial Ciudadela

Descubra a la Iglesia como la principal impulsora del progreso de Occidente

La visión del mundo occidental hacia la Iglesia católica, en tiempos secularistas, no es favorable. Leyendas negras, imprecisiones históricas, ignorancia o mala fe nutren la opinión de muchas personas al afirmar que la milenaria institución ha condenado el progreso, las artes, las ciencias y ha sumido a las sociedades en el oscurantismo, contrarrestado a partir de la razón y de las luces que acabaron con la influencia de una Iglesia pétrea y supersticiosa; sin embargo, el espectador contemporáneo se sorprendería al conocer cómo la presencia de la Iglesia católica ha apuntalado muchos de los conocimientos, hechos y logros de los que gozamos actualmente y que, por ideologías y dogmatismos laicistas, se han empañado al afirmar una autoría secular de hombres y mujeres de fe católica.

Lo cierto es que sin la Iglesia, Europa no existiría como tal y por tanto tampoco la cultura occidental. Esta verdad, conocida por los estudiosos que no se acercan a los hechos con las anteojeras del anticlericalismo, no ha llegado al amplio público que sigue viviendo de los slogans que repiten los medios y cacarean los pedantes desde los púlpitos del resentimiento. Hacen falta obras divulgativas que den a conocer el papel decisivo del cristianismo. Estamos ante una de ellas.

Thomas E. Woods aprovecha las investigaciones recientes que empiezan a hacer justicia al pasado y ponen en evidencia que, sin el catolicismo, Europa no habría pasado del estado de barbarie. Para ilustrarlo sigue un método bien simple. Toma en consideración algunos puntos importantes: la ciencia, la Universidad, el Arte, la economía, el Derecho… y muestra como la Iglesia fue la matriz decisiva para su progreso.

Es cierto que la cultura occidental bebe también de otras fuentes, como Grecia o Roma, que fue una especie de cruce de caminos actuando de transmisora de los mejor de la cultura antigua, pero el cristianismo aporta un factor decisive.

Simplificando podríamos decir que libera a la razón y la conduce hacia lugares que pensaba imposibles. Es por ello que mientras la cultura china colapsa, a pesar de haber hecho algunos descubrimientos antes que Occidente, en Europa alcanza verdadera carta de naturaleza. Muy interesante es el apunte sobre el papel de la Edad Media al respecto.

Pero, además, ¿por qué el papado protege y alienta las Universidades? ¿Sabe alguien hoy que muchos científicos fueron religiosos o sacerdotes? ¿Se reconoce el papel de los monjes y los monasterios en la educación de lo que después sería Europa y que gracias a ellos muchas tierras baldías se volvieron cultivables? ¿Por qué se ignora que el Derecho internacional, de gentes en la terminología de la época, nació en la Universidad de Salamanca de la mano de sesudos dominicos? Estas y muchas otras preguntas dejarán de hacerse después de la lectura de este ameno e informado libro.

Lo recomendamos para el lector medio, pero especialmente para el estudiante que ha de soportar la vacuidad de programas, en algunos centros de enseñanza media. Una vez más la divulgación no significa pérdida de calidad en la exposición ni de rigor.

La civilización occidental nos ha dado el milagro de la ciencia moderna, la riqueza de la economía libre, la seguridad del imperio de la ley, un sentido único de los derechos humanos y de la libertad, la caridad como virtud, un espléndido arte y música, una filosofía fundada en la razón y otros innumerables regalos que la hacen la civilización más rica y poderosa de la Tierra. Pero, ¿cuál es la fuente última de todos esos regalos? El autor de varios best-sellers y profesor universitario Thomas E. Woods Jr. nos brinda la pospuesta respuesta: La Iglesia católica.

En Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental usted aprenderá:
- Por qué la ciencia moderna surgió de la Iglesia católica.
- Cómo los sacerdotes católicos desarrollaron la idea de economía libre quinientos años antes que Adam Smith.
- Cómo la Iglesia católica inventó la universidad.
- Por qué todo lo que usted ha oído sobre el affaire Galileo es falso.
- Cómo la Iglesia católica humanizó Occidente insistiendo en la sacralidad de toda vida humana.

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que los dos mil años de la Iglesia católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad.

¿Sabía el lector que uno de los principales renacimientos del conocimiento se dio durante el Sacro Imperio Romano Germánico? Más de uno quedaría sorprendido al conocer los principales cráteres de la Luna bautizados con los nombres de sabios e ilustres jesuitas quienes aportaron al mundo los conocimientos científicos fundamentales para la astronomía moderna.

Hoy, las universidades occidentales son los recintos del debate y de la sabiduría, lugares laicos iluminadores de la razón y destructores de los “dogmas” anquilosados; sin embargo, el germen de las universidades actuales tuvo su origen en las instituciones promovidas por el Catolicismo donde los Sumos Pontífices se convirtieron en mecenas para lograr el asiento de las artes liberales, de las humanidades, de la retórica, de las matemáticas, del derecho y de la economía.

Thomas E. Woods hace una recorrido por la historia de la Iglesia y de la humanidad descubriendo al lector los logros científicos, diplomáticos, literarios y arquitectónicos cuyo su origen fue el pensamiento religioso y talento de los hombres de Iglesia; otorga, por otro lado, elementos suficientes que analizan, de manera objetiva, la naturaleza verdadera de la condena de Galileo Galilei y cómo, a pesar de la censura, gozó del aprecio de los científicos eclesiásticos y de Pontífices por sus argumentaciones a favor del sistema copernicano.

El autor no duda en concluir que occidente sufre una “amnesia histórica”. Después de la lectura de Cómo la Iglesia católica construyó la civilización occidental, obra prologada por el arzobispo primado de México Norberto Rivera Carrera, no habría otra cosa que un mea culpa de occidente por haber despreciado los aportes del catolicismo de los que, de alguna forma u otra, disfrutamos actualmente y que, como afirma Thomas Woods, “la mayoría de la gente cree que los mil años que precedieron al Renacimiento fueron tiempos de ignorancia y represión…” esto es fruto de una cultura popular adversa a una tradición procedente de la Evangelización que proporcionó identidad cultural a los pueblos y donde la Iglesia puso en práctica los criterios de la inculturación que “contribuyó al desarrollo de las culturas nativas y nacionales”.

Elogio al esplendor de Córdoba


El Califato de Córdoba de los Omeyas vivió un periodo de esplendor cultural durante el siglo X de la mano de Abd al-Rahman III y de Al Hakam II. El primero de los emires levantó a las afueras de Córdoba el palacio Medina Azahara cuyo embrujo arquitectónico reflejaba la grandeza del califato. Su reinado fue el más fascinante de la Hispania islámica, erigida en la cabeza de del reino más poderoso de Occidente. Por sus palacios, patrios y jardines desfilaban embajadores de Oriente, embajadores cristianos peninsulares y mercaderes europeos. El embajador del emperador Otón se dirigió a Abd al-Rahman III en los salones de Medina Azahara: "Yo te saludo, oh rey de Al-Ándalus, a la que los antiguos llamaban Hispania".

El emir protege en su corte a científicos y filósofos, se abren escuelas, aumentan la venta de libros procedentes de Oriente y se incentiva la labor de traductores especializados. Los filósofos se cuestionan el origen de la materia, comentan las obras de Aristóteles y aglutinan los conocimientos antiguos en tratados sistemáticos. Los científicos registran los progresos matemáticos y técnicos de Oriente; desde la India llega el actual sistema numérico; la medicina se renueva con la traducción del tratado de Dioscórides.


MEZQUITA DE CÓRDOBA


El cosmopolitismo de Medina Azahara atrajo a poetas y escritores que enriquecieron con sus tradiciones literarias el esplendor Omeya, y cantaron las proezas de sus mecenas.

Hechizado por las letras, la música y poesía, Al Hakam II fundó la mayor biblioteca de Occidente, que albergaba todas las ramas del saber en sus más de cuatrocientos volúmenes.

El esplendor de esta capital es dedicado por Luis de Góngora en A Córdoba:
"¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
de honor, de majestad, de gallardía!
Oh gran río, gran rey de Andalucía,
de arenas nobles, ya que no doradas!
¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas
que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre gloriosa patria mía,
tanto por plumas cuanto por espadas!
¡Si entre aquellas ruinas y despojos
que enriquece Genil y Dauro baña
tu memoria no fue alimento mío,
nunca merezcan mis ausentes ojos
ver tu muro, tus torres y tu río,
tu llano y sierra, oh patria, oh flor de España!"


LA CORTE DE ABDERRAMÁN III


A finales del siglo X (978), Almanzor suplantaba al califa y promovía el fanatismo de los doctores religiosos, que declaraban pernicioso el debate erudito. La censura amordazó el pensamiento, persiguiéndose la libertad de filósofos y astrónomos, que continuaron sus estudios en la clandestinidad, y la biblioteca reunida por Al Haham II era devastada en un terrible atentado contra la inteligencia.

Esa Córdoba fue añorada por Abulbeca de Rond:
"¿Qué es de Córdoba en el día,
donde las ciencias hallaban
noble asiento,
do las artes a porfía
por su gloria se afanaban?"

Según el historiador árabe Ibn Idari, los siguientes versos se esculpieron en mármol, a manera de epitafio de la tumba de Almanzor. Elogiaban el dominio militar de los Ejércitos andalucíes del caudillo cordobés sobre la península Ibérica:
"Sus huellas sobre la tierra te enseñarán su historia,
como si la vieras con tus propios ojos.
Por Allah que jamás los tiempos traerán otro semejante,
que dominara la península
y condujera los ejércitos como él."


CÓRDOBA CALIFAL


Ahmad ibn Muhammad ibn Darray al-Qastalli es un poeta de origen bereber, natural del Algarve, más conocido como Ibn Darray. En el año 992 entró en el séquito de Almanzor, gracias al mérito de una casida improvisada con tema y rima forzados. Formaba parte del Ejército cordobés, acompañándo a su caudillo en las expedicionesde militares contra los reinos cristianos. Durante ese periodo se dedicó a componer poesías que ensalzaban la actividad bélica de Almanzor mediante diwanes (colecciones de poesías), que narraban los acontecimientos bélicos, alcanzando un doble valor: literario e histórico.
"Tu victoria en Santiago llena de luz la tierra,
igual que el sol extiende el día.
Vuelve ahora a peregrinar con los musulmanes
tras haber destruido el centro
de peregrinación de los cristianos,
pues Cairuan, Egipto y el Hiyaz
fijan en ti sus ojos, esperando."

Aforismo y Conceptismo de Baltasar Gracián

Baltasar Gracián fue uno de los grandes representantes del Escepticismo clásico español, creador del Aforismo moderno y considerado el mejor ejemplo del Conceptismo que adquirió una formulación filosófica y personal.

BALTASAR GRACIÁN


Baltasar Gracián y Morales nació en Belmonte de Gracián (Calatayud), en 1601. Tuvo 7 hermanos, algunos también religiosos. Estudió letras en un colegio jesuita de su ciudad. Hacia 1617, residió un par de años en Toledo, con su tío Antonio Gracián, capellán de San Juan de los Reyes, donde estudió lógica y latín. En 1619, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús, en un colegio de Tarragona donde cursó humanidades. En 1621, regresó a Calatayud, donde cursó dos años de filosofía, especialmente ética, y a continuación teología en la Universidad de Zaragoza.

En 1628, tras ordenarse sacerdote, se encontraba trabajando como docente en el colegio de Calatayud, impartiendo humanidades. Posteriormente, fue trasladado a Valencia y a Lérida, donde explicó teología moral. En 1633, enseñó filosofía en el colegio jesuita de Gandía, y tanto aquí como en Valencia tuvo problemas con correligionarios.

En el verano de 1636, regresó a Huesca como confesor y predicador. En esta ciudad tomó partida en los ambientes cultos, gracias a su amistad con el magnate y mecenas Vicencio Juan de Lastanosa y Baraíz de Vera, quien reunía una importante colección literaria y artística, poseyendo una biblioteca de unos siete mil volúmenes. Gracias a él, Gracián publicó El héroe, en 1637, y mantuvo contactos con algunos intelectuales, entre ellos el poeta Manuel de Salinas y el historiador Juan Francisco Andrés de Ustarroz.

En 1639, fue nombrado en Zaragoza confesor del virrey de Aragón Francisco María Carrafa, duque de Nochera, a quien acompañó a Madrid, donde residió por dos veces entre 1640 y 1641, por lo que frecuentó la corte y trabó amistad con el célebre poeta Hurtado de Mendoza. Durante estos años, ejerció como secretario de Felipe IV y publicó El político don Fernando el Católico, en 1640, y la primera versión de Arte de ingenio, tratado de agudeza, en 1642.

Castigado en parte por sus ideas y escritos, fue enviado a Lérida para ejercer de capellán y combatir a los franceses en el sitio de Lérida de 1636, en el marco de la Guerra de hispano-francesa de 1635-38, y en la Sublevación de Cataluña de 1640.

En 1642, fue nombrado vicerrector del colegio jesuítico de Tarragona, y dos años más tarde catedrático de teología moral en la Universidad de Huesca hasta 1650. Fue una época en la que más activamente se dedicó la literatura, apareciendo El discreto, en 1646, El oráculo manual y arte de prudencia, en 1647, y la segunda versión de Agudeza y arte de ingenio, en 1648.

En 1651, publicó su obra más conocida, El criticón, que fue firmada con el anagrama de su nombre García de Marlones. Este pseudónimo no pudo evitar el agravamiento de sus problemas con la Compañía de Jesús, que le aplicó una sanción ejemplar. Algunos jesuitas valencianos interpretaron unos pasajes de El criticón como ofensa hacia ellos, lo que provocó nuevos ataques de sus compañeros, que alegaban contenido poco doctrinal en sus escritos, impropios de un jesuita profeso, pues abordaba la filosofía moral desde una óptica profana.

Poco después se trasladó a Zaragoza como catedrático de escritura en la Universidad.

En 1655, publicó El comulgatorio, que fue firmada con su apellido, obra que comprende cincuenta meditaciones para la comunión y constituye una valiosa muestra de oratoria culterana. Esta fue la única obra que Gracián publicó con el permiso de su orden religiosa.


BALTASAR GRACIÁN


Gracián estuvo dotado de gran inteligencia y de una elocuencia a la vez rica y límpida, se generó una reputación como orador y predicador sacro. De carácter orgulloso e impetuoso, y, sobre todo, mucho más hombre de literatura que de religión, volvió a desobedecer en otras dos ocasiones las ordenanzas de su compañía religiosa y publicó las partes segunda y tercera de El criticón, en 1653 y 1657, bajo el nombre de su hermano, Lorenzo de Gracián. El segundo volumen no le costó más que una nueva amonestación de los jesuitas, pero la aparición del tercero supuso su definitiva caída. El rector del colegio jesuita de Zaragoza, Jacinto Piquer, lo castigó a ayuno de pan y agua, prohibiéndole disponer de pluma, tinta y papel y, tras desposeerle de la cátedra que ostentaba, lo desterró a Graus, ciudad del pirineo oscense, en 1658.

El mismo año de 1657, apareció la Crítica de reflexión, violento alegato contra él, firmado por un autor jesuita levantino.

Parcialmente rehabilitado, se instaló en Tarazona, donde su petición de ingresar en una orden monástica le fue denegada por la Compañía, falleciendo a finales de 1658.

El estilo de Gracián, considerado el mejor ejemplo del Conceptismo, se recrea en los juegos de palabras y los dobles sentidos. Cultivó una prosa didáctica y filosófica de forma escueta y de expresión breve, con tendencia a los juegos de palabras, la retórica, la paradoja, la arbitrariedad de su discurso a menudo artificioso y la intención de querer ser original. Dentro de su amplio espectro de lecturas, su autor más influyente fue su contemporáneo Diego de Saavedra Fajardo.

La concepción pesimista sobre el hombre y el mundo predomina en sus primeras obras: El héroe, El discreto y Oráculo manual y arte de prudencia, en las que ofreció consejos sobre la mejor manera de triunfar.


AGUDEZA Y ARTE DE INGENIO

En Agudeza y arte de ingenio, teorizó acerca del valor del ingenio y sobre los “conceptos”, siendo el concepto una relación entre objetos aparentemente dispares. Caracterizada por su exhibicionismo culterano y su erudición forzada y rebuscada, el libro se convirtió en el código de la vida literaria española del siglo XVII. 

A Gracián se le podría considerar filósofo en una concepción amplia de esta disciplina, siendo un moralista que consiguió reunir la sabiduría práctica en máximas, sentencias y aforismos. Un género tan filosófico como literario que se remonta a los Siete Sabios de Grecia, y que perfeccionaron autores como Séneca en sus Máximas, sentencias y aforismos, Marco Aurelio con sus Pensamientos o Plutarco con sus Máximas de reyes y generales.

A cerca de la sabiduría práctica escribió una de las obras maestras del género aforístico, Oráculo manual y arte de la prudencia, posiblemente la obra que ha creado el Aforismo moderno. En ella se encuentra la frase: "¿De qué sirve el saber si no es saber práctico? El saber vivir es hoy el verdadero saber."

Guiado por la prudencia y la desconfianza, en Oráculo manual analizó las cosas y a los hombres como si llevaran una máscara para ocultar su verdadera naturaleza: “Hay diferencia entre entender las cosas y conocer a las personas; y es gran filosofía entender los caracteres y distinguir los humores de los hombres. Tan necesario es tener estudiados los libros como las personas.”

Para Gracián, lo que a simple vista parece la esencia, es solo una apariencia, porque la realidad suele ser fea e insoportable, hay que camuflarla: “Lo mejor del hombre es parecerlo.” Aconsejó al hombre que actuara comedido y controlando la situación: “Nunca obrar apasionamientos: todo lo errará.” Por eso, el gran hispanista alemán Ludwig Pfandl escribió que “los escritos de Gracián son productos exclusivamente cerebrales”, donde no aparecen elementos emocionales, que dan lugar a su Conceptismo.

Gracián era un hombre de la plana Modernidad buscando la seguridad en medio de las crisis y eludiendo las confrontaciones abiertas con el destino y con lo que el sociólogo alemán llamó "sociedad del riesgo". Su filosofía era la de un hombre acostumbrado a todo tipo de desventuras y desastres en plan decadencia del Imperio español. Por eso, en su Oráculo manual aconsejaba no actuar antes que obrar mal: "Siempre ven más los que miran que los que juegan, porque no se apasionan."




BALTASAR GRACIÁN


Pero la obra cumbre de su pensamiento y producción literaria fue El criticón, donde emprendió una ambiciosa y amplia visión alegórica de la vida humana. Sátira social y tratado moral a la vez, el objeto de esta novela filosófica es el de presentar las miserias y debilidades de la especie humana y mostrar el modo de vencerlas, para llegar a ser una persona honesta y virtuosa: "Procura tú ser famoso obrando hazañosamente, trabaja para ser insigne, ya en las armas, ya en las letras, ya en el gobierno; y lo que es sobre todo, sé eminente en la virtud. No hagas caso, no, de esa material vida en la que los brutos te enciende; estima, sí, la de la honra y la fama."

Es una obra conceptista, densa, escrita con un lenguaje lacónico, pero repleta de aforismos, sentencias breves, juego de palabras y asociaciones ingeniosas, pero con riqueza de significados. En ella refleja su pensamiento pesimista, como corresponde al Barroco, y su desengaño de la vida, típico de su vejez.

En El criticón, Gracián describió al mundo como un espacio hostil y engañoso, donde prevalecen las apariencias frente a la virtud y la verdad. El hombre es débil, interesado y malicioso, y su vida es frágil e incierta; lo único cierto es el paso implacable del tiempo y la llegada de la muerte: "Cuando no es otro el vivir que un ir cada día muriendo"

Gracián da consejos al lector para que sepa desenvolverse entre las trampas de la vida: haciéndose valer, siendo prudente y aprovechándose de la sabiduría basada en la experiencia; incluso disimulando y comportándose según las circunstancias y ocasión.

Para el desarrollo de esta obra, utilizó a sus dos protagonistas, Andrenio y Critilo, son símbolos de la Naturaleza y de la Cultura, de los impulsos espontáneos y de la reflexión prudente, respectivamente. Como Gracián partía del supuesto barroco por el cual la Naturaleza es imperfecta, Critilo es quien salva a Andrenio de los peligros del mundo y lo conduce luego a la isla de la Inmortalidad, a través de una serie de lugares alegóricos.

Siguiendo a Heráclito y anticipando a Hegel, afirmó que que la vida es lucha continua entre contrarios, un estado de discordia contrarrestado sólo por la providencia divina. Contradiciendo a la filosofía del progreso de la Humanidad, aseguraba que en la historia no cambiaba, siendo cíclica: "Lo que sucedió doscientos años ha, eso mismo estamos viendo ahora", escribió en el capítulo La rueda del tiempo


EL CRITICÓN
Por todo esto, la obra gracianesca fue traducida a los principales idiomas europeos, teniendo como objeto la filosofía moral. Ha sido considerado un precursor del Existencialismo, y representante de lo que él llamaba Filosofía cortesana.

Ha influido en moralistas franceses del siglo XVIII como La Rochefoucauld, La Bruyère, Joubert o Chamfort, en filósofos alemanes del XIX como Schopenhauer, Lichtenberg, Nietzsche o Kraus, y en el rumano Ciorán en el XX. Todos estos autores filosóficos reúnen una misma inquietud consistente en tratar de vivir de manera auténtica y real, y descubrir las falsedades de la vida cotidiana.

Schopenhauer tradujo al alemán El oráculo manual y arte de prudencia, que leyó Nietzsche, quien dijo en una de sus cartas: “Europa no ha producido nada más fino ni más complicado en materia de sutileza moral.” Por lo que Gracián fue objeto de estudio en la universidad alemana. Sin embargo su pensamiento vital es propio de la conciencia de una España en decadencia.



BALTASAR GRACIÁN

Tacitismo político de Baltasar Álamos de Barrientos


Álamos de Barrientos fue uno de los principales pensadores políticos del Barroco español, defensor de la doctrina política del Tacitismo.
CAYO CORNELIO TÁCITO


Baltasar Álamos de Barrientos nació en Medina del Campo, Valladolid, en 1555. Realizó estudios de jurisprudencia en Salamanca. Estuvo casado con una descendiente del almirante Colón, Ana, hija de Francisca de Colón y Toledo, biznieta del almirante Cristóbal Colón, con la cual tuvo una hija, Teresa Colón de Álamos y Barrientos.

Alcanzó una alta posición dentro de los gobiernos de Felipe II y Felipe III gracias a su relación de amistad con algunos consejeros reales como el duque de Lerma, el conde-duque de Olivares y Antonio Pérez. Llegó a ser miembro del Consejo de Guerra, Hacienda e Indias. Además fue caballero de la Orden de Santiago, abogado de la Audiencia criminal y protonotario de Aragón.

Temible y muy satírico, no le faltaron enemigos. Sus vínculos profesionales y personales con el valido de Felipe II Antonio Pérez, le causó en 1590 una pena de prisión de ocho años.

Álamos compuso buen número de tratados políticos, algunos de los cuales fueron firmados a nombre de Antonio Pérez, con cuyas ideas concuerdan, aunque variaban mucho en el estilo.
TÁCITO ESPAÑOL
Su obra más importante fue Tácito español ilustrado en aforismo, redactado en 1594. El género literario del aforismo consiguió un gran éxito el siglo XVI, tan fértil en sentencias y apotegmas morales. En ella expuso su defensa del Tacitismo, es decir de la doctrina política de Cayo Cornelio Tácito, un historiador y administrador del Imperio romano.

La filosofía política de Tácito varió entre la antigua noción romana del Estado senatorial oligárquico, dirigido por “los mejores”, y la idea helenística de un estado regido por un monarca. Sus tendencias estoicas le hicieron desconfiar de la solidez moral de un modelo político basado en las arbitrariedades de un solo hombre. En numerosas ocasiones parece añorar la república y su concepto de libertad, aunque sus pronunciamientos en este sentido estén camuflados lo necesario para no resultar molestos al régimen imperial.

Casi toda la obra de Tácito está dominada por el empeño de denunciar las infamias cometidas por la mayoría de los emperadores desde la muerte de Augusto a la de Domiciano. Pero sus análisis se centraron sobre todo por los aspectos psicológicos y dramáticos de la Corte imperial, que ofrecía una rica materia para el análisis moral.
El Tácito español es una traducción de casi toda la obra de Tácito, que Álamos efectuó durante su cautiverio en la cárcel, según informó en el prólogo. Finalizada su versión, solicitó licencia para imprimirla. Aunque en un principio la obra fue aprobada por Antonio de Covarrubias, no contó con el respaldo del rey Felipe II, quien confiscó la obra y prohibió su edición. La causa fue seguramente a la existencia de algunos aforismos con interpretaciones políticas que pudieran inducir a los lectores a formar el paralelo entre el rey Felipe II y el emperador Tiberio, y Antonio Pérez con Sejano.

Una vez en libertad, Álamos recuperó su manuscrito en posesión de los archivos del Consejo y realizó algunas modificaciones: corrigió la traducción de los Anales y de las Historias, añadió la de la Vida de Agrícola y las Costumbres de los Germanos, que no había hecho en un principio, y suprimió las frases más directamente alusivas al gobierno de Felipe II en comentarios y aforismos. En 1604, fue publicado en Madrid a comienzos del reinado de Felipe III y gracias a la intervención del duque de Lerma, su libertador, a quien fueron dedicados los aforismos. A pesar de la aprobación dada a los Comentarios, Álamos desistió de imprimirlos, por no abultar el tomo, ya bastante voluminoso, y los reservó para una edición aparte que no llegó a publicarse.

Finalmente, el Tácito español quedó organizado en cuatro secciones:
1. Una traducción castellana de los Anales (libros I-VI y XI-XVI), los cinco primeros libros de las Historiae, la Germania Agricola, todos ellos basados en la traducción de Lipsio.
2. Una serie de secciones introductorias, que incluyen instrucciones para usar los aforismos, así como los motivos y objetivos del autor.
3. Los aforismos, escritos al margen del texto, traducidos al italiano en 1618 por Carini d´Anghiari.
4. Unos comentarios, publicados después de su muerte.


TÁCITO ESPAÑOL


El objetivo de su obra fue el enriquecimiento de la lengua española con la traducción de Tácito y la utilización como lectura para príncipes, consejeros y ministros.

El hecho de que fuese redactada durante su cautiverio en prisión pudo influir en aspectos tan característicos del pensamiento político taciteo, especialmente en su rechazo hacia el despotismo y la tiranía.

Álamos defendía la idea de que los príncipes se apoyan en los súbditos y no en las instituciones, la política es volitiva, y es partidario de una política ajena a la moral, aunque relacionada con ella, siendo el punto primario de reflexión para todo político el hombre, por lo que se impone la necesidad de una teoría política basada en la experiencia histórica.

En Europa, esta obra representó uno de los mejores análisis del pensamiento político de Tácito. Durante el cambio de épocas del Renacimiento al Barroco, las razones de Estado y del Poder cambiaron su visión, convirtiéndose el enfoque histórico en la mejor guía para la actuación de un gobernante.

Seguidores del Tacitismo de finales de siglo XVI fueron Pasquale, Muret, Scoto o Lipsio, pero la publicación del Tácito español significó el comienzo de una serie de comentarios sobre la obra del autor latino. De la mano de Álamos, el Tacitismo político se incorporó como movimiento de gran vitalidad en el conjunto de los círculos intelectuales del Barroco español en la tarea de la construcción de unas reglas de Estado y de una Ciencia de la política, desde unas bases realistas y prácticas, y con la historia y la psicología como fuente de conocimiento.
Con probabilidad también se le puede atribuir el Discurso del gobierno al Rey, de 1598, también conocido como El conocimiento de las naciones, y que fue asignado erróneamente a Antonio Pérez.

También fue coautor de Norte de príncipes, virreyes, consejeros y embajadores, con advertencies políticas muy importantes sobre lo particular y público de una Monarquía, fundada para el gobierno de Estado y Guerra, publicado en 1603, y Discurso político al rey Felipe III al comienzo de su reinado.

Además redactó diversos opúsculos políticos.


DISCURSO POLÍTICO AL REY FELIPE III

Visión idílica de la Evangelización indígena por Jerónimo de Mendieta


Eclesiástico de la Orden de San Francisco, Cronista de las Indias y Defensor de indios, tuvo una visión idílica del modo de evangelización de las Indias americanas por las misiones cristianas allí desplegadas.




Jerónimo de Mendieta era natural de Vitoria, donde nació en 1525. Con 20 años se hizo franciscano en Bilbao. En 1554 fue enviado al virreinato de la Nueva España, donde ejerció labores de evangelización y aprendía la lengua de los indígenas.

En 1570, regresó a España de camino para Roma, donde asistió al Capítulo General de la Orden franciscana. Propuso algunas reformas al Consejo de Indias para fortalecer la autoridad del virrey y para beneficiar a los indios.

Retornó a México, en 1571. Los cargos y responsabilidades se sucedieron en su persona. Fue padre guardián, padre superior y padre definidor. Ennoblece a todos con su vida ejemplar, pero su admiración y reconocimiento radicaba en sus aportaciones como cronista e historiador.

Su obra fue amplia, siendo el cronista por antonomasia de las grandes construcciones de la Nueva España. Su obra Historia Eclesiástica Indiana, terminada en 1596, es una crónica de la evangelización en la Nueva España, en ella también describió la situación cultural de los pueblos caribeños.

Mendieta describió la evangelización como la entrega de unos hombres empeñados en abrir las puertas del Cielo a las almas de los “salvajes”, recorriendo vastos y abstrusos territorios llenos de peligros desconocidos, sin recursos y solitarios, siempre en busca de convertir a los indios. Describía a los misioneros casi como ángeles sobre la tierra, como santos que andaban descalzos, que caminaban solitarios por lugares inhóspitos para evangelizar indios. Fueron los que introdujeron el Cristianismo sin necesidad de las armas, ni de la guerra, ni de la riqueza. Estaban totalmente entregados a un nivel evangélico primitivo. Describió así una época dorada donde la fe cristiana se expandía sin la imposición de la espada.

Según explica Mendieta, la intención primera de la conquista fue la de cristianizar aquellas tierras, pero que el afán de riqueza de los nuevos colonos que llegaban consiguió una perturbación y un estorbo para lo que él consideraba la labor fundamental: la salvación de las almas de los indios que no conocían la luz de Cristo.

Denunciaba con valentía los excesos y abusos de los colonizadores, así como el cambio de los valores principales de la conquista, en especial la ambición de los colonizadores para hacerse rico a cualquier precio. También planteaba los problemas religiosos y políticos en una carta dirigida a Felipe II. Toda su obra está escrita en un estilo clásico, muy al gusto de la época.

Para Mendieta, el rumbo que estaba adquiriendo la Conquista y el establecimiento del régimen virreinal donde se pasaba muchas veces de enseñar al indio a explotarlo, y donde las encomiendas se convertían en sistemas de producción basados prácticamente en una forma de esclavitud, y no en focos de educación cristiana, habría que cambiarlo.

Postulaba un programa que consistía en la limitación del sistema de las encomiendas y dar mayor poder a los frailes. Pero la gran medida a tomar sería el desplazamiento de las nuevas autoridades que mandó el rey Felipe II para que cambiaran el sistema tributario en un régimen más austero y difícil de cumplir; es decir, Mendieta quería que los alcaldes mayores y funcionarios de la Real Hacienda fueran eliminados, y que a los frailes recuperasen sus privilegios, así como su autoridad en las comunidades indígenas porque ellos eran los únicos que los podían defender.

Aunque tardó tres siglos en salir a la luz, su contenido transcendió, ya que Mendieta había confiado el manuscrito a fray Juan de Torquemada, quien hizo una edición parcial bajo el título Monarquía indiana, en la que había suprimido los pasajes conflictivos. Su contenido es claro, tanto que la Casa Real impidió su publicación. Siglos después, en 1870, se imprimió en México por el editor Joaquín García Icazbalceta.




La visión que tuvo Jerónimo de Mendieta de los indígenas era totalmente patriarcal. Contemplaba al indio como un ser lleno de valores cristianos naturales: humilde, sumiso, indefenso, carente de ambiciones y posesiones materiales, pero es como un niño que debe ser protegido y cuidado. Y esta actitud paternalista es la que habían seguido los religiosos desde un principio: protegerlos como sus padres espirituales porque ellos no pueden protegerse a sí mismos.

La defensa del indio le trajo a Mendieta muchos problemas y enemigos. Sus cartas al rey y al Consejo de Indias, denunciando abusos y atropellos, fueron en parte la base para cambios importantes en la legislación, así como las denuncias de Las Casas y Montesinos.

Mendieta, siguiendo las doctrinas de San Francisco, hizo de la pobreza la máxima expresión del Cristianismo. Fue un hombre que se movió entre dos posiciones: la de una iglesia que debía controlarlo todo, que es la posición de la Contrarreforma, pero al mismo tiempo una iglesia identificada con los pobres y en defense de los humildes, que es esta visión franciscana, erasmista, y toda visión de la prerreforma.

Jerónimo de Mendieta relató en su obra cómo los indios veían el mundo, cómo observaban a los hombres y de qué modo influyó la cristianización en ellos. Así dice:
Mas los hombres no los pintaban hermosos, sino feos, como a sus propios dioses, que así se lo enseñaban y en tales monstruosas figuras se les aparecían, y permitíalo Dios que la figura de sus cuerpos asemejase a la que tenían sus almas por el pecado en que siempre permanecían. Mas después que fueron cristianos, y vieron nuestras imágenes de Flandes y de Italia, no hay retablo ni imagen, por prima que sea, que no la retraten y contrahagan.

Lo consideraban "El mentiroso", que no creeían lo que daba a entender, pero su gente lo envidiaba de sus estudios. Cuenta cómo recopila los códices indígenas fray Andrés de Olmos, y éste hace un epílogo acerca de los mismos, y lo manda a la península con los estudios de Olmos sobre la cultura autóctona. Deja clara la visión de indefensión en que creía que se hallaban los indios, y llega a decir:
Haciéndonos padres de esta mísera nación, y encomendándonoslos como hijos y niños chiquitos que son o a tales (que lo son), los criemos y adoctrinemos y amparemos y corrijamos, y los conservemos y aprovechemos en la fe y política cristiana.

Esa visión de un mundo idílico, esa idea de una edad dorada, que creó Mendieta, tuvo un fuerte impacto en la literatura posterior, influyendo en los escritores contemporáneos y posteriores que escribieron sobre la evangelización.


HISTORIA ECLESIÁSTICA INDIANA